"¿Viste?, ¡parece que ese viejo canoso de La Plata había sido guerrillero!", me dijo el Ale días después del fogón, sorprendido, como si se hubiera enterado de un secreto ancestral. Era bueno ver a los pibes jóvenes buscando, a su modo, apropiarse de la historia reciente, revalorizando a esos compañeros y compañeras que nos rodean y tienen su cuota de experiencia para aportar. Esa reapropiación se vuelve fundamental, además, en un momento histórico en el que, como pueblo, no terminamos de zanjar el quiebre que nos impuso la pasada dictadura. En general, hemos sido poco capaces de rescatar las virtudes y experiencias de una generación que se nos quedó del otro lado del genocidio. Algunos de los que estuvieron y siguen, están en este relato. Está bien entonces que sus palabras, sus vivencias, viajen desde la charla entre compañeros hasta las páginas de un libro. Por algún otro libro están resonando las palabras de otro luchador, en este caso un pibe bien joven, que de otros libros, otros relatos y otros compañeros había mamado aquella moral guevarista que hasta su último aliento de vida puso en práctica. Ese pibe llamado Darío Santillán dijo: "Nos pesa mucho la valoración de todos aquellos que dieron la vida, más de 30.000 compañeros que pelearon por lo mismo que estamos peleando hoy. Lo que sentimos en carne propia es que somos los mismos que pelearon en aquellos años. Somos la continuidad de esa historia". El Fogón de la Memoria es parte de esa imprescindible identificación. (del Prólogo) .
Testimonios de Juan Carlos Cibelli, Guillermo Cieza, Graciela Daleo, Roberto Martino, Celina Rodríguez y Manuel Suárez
No hay comentarios:
Publicar un comentario